Si alguien que no sigue de cerca las noticias que se producen en Colombia, 'aterriza' por estos días en la información, le deberá parecer que este es un país que actúa muy eficazmente contra la corrupción, dado el hecho de la profusión de noticias en ese sentido.
Lamento decepcionarlos. Desde hace más de 25 años, todos los días surge un dato, un hallazgo sobre ese cáncer institucional, sin que se haya recuperado el valor sobre los dineros y recursos públicos como una actuación generalizada.
La corrupción en Colombia es semejante al narcotráfico.Es una forma de ascender socialmente, rápido, por los atajos de la ilegalidad, porque hay que parecerse a alguien, al doctor, al que tiene muchos esclavos, compra los zapatos en Italia (aquí hacen unos muy buenos, pero no les gustan), las camisas en New York y el vino en Francia.
Mientras sea más aplaudido socialmente un mafioso o corrupto (que para el caso es lo mismo), que un científico, un escritor, un hombre o una mujer que da riqueza moral o económica a su país, el cambio estructural se nos va a demorar más de la cuenta.
Porque fíjense una cosa: entren a un avión y a los primeros que encuentra en primera clase es a los políticos o funcionarios públicos; los únicos que no tienen problema para que les asignen escolta son ellos y hasta mafiosos de cuello blanco, como los primos que están desfilando por las cárceles hoy (ustedes y yo sabemos de quiénes hablo); no les cobran en los restaurantes, porque es un honor tenerlos (a ustedes y a mi nos toca empeñar el reloj o diferir a 12 cuotas la tarjeta para pagar la cuenta) y por si fuera poco hay que preguntarles cómo les gustaría que fueran los proyectos nacionales o locales, porque si no no se entusiasman (claro, también hay que llevarles la tula llena).
En momentos como los de ahora, cuando el 93% del país está jodido en su infraestructura, porque desde hace por lo menos 50 años se tomaron decisiones erradas en cuanto a lo que necesitábamos para ser competitivos, adivinen quiénes van a tener otra vez la decisión en sus manos. Sí, señoras y señores, los mismos que causaron el problema, pero a quienes no hemos sido capaces siquiera de aplicarles la única sanción de que somos capaces: la social.
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