sábado, 18 de diciembre de 2010

El invierno, un aprendizaje

¿Cuánto habremos aprendido de esta jornada de invierno? No lo sabremos hasta que no terminemos de contar los muertos (cerca de 300, en las cuentas de ayer), de los municipios que hay que reubicar, de las carreteras que hay que construir nuevamente, o hacer en otros sitios sin retar a la naturaleza.
Esto último es lo que hemos venido haciendo hace varios años. Una amiga me decía recientemente que lo más tenaz de este tema, es que los daños los produjeron las últimas tres generaciones vivas y tiene toda la razón.
Mi abuelo Salomón y mi abuela Luisa Delia, que nos recibían en su finca cerca de San Gil para las vacaciones, eran respetuosos de esa naturaleza, me consta y sin mucha información pero con mucho cariño trataron de infundirnos ese amor y respeto por lo que veíamos, las quebradas, los árboles de frutas, las siembras de yuca, los animales que nos despertaban todas las mañanas para el ordeño.
Pero parece que nos aprendimos al revés la información, que había que irrespetar a la naturaleza porque nada iba a pasar, porque nunca los ríos iban a correr nuevamente por el cauce del que los habían sacado, o que las montañas no se iban a resentir por todo el peso que le estaban colgando innecesariamente.
Ahí están las consecuencias. Y a las generaciones de los que estamos vivos, nos va a tocar acostumbrarnos a vivir con desastres como este por el que está pasando Colombia, en varias modalidades. Ya vendrá la sequía, y hay que estar preparados.

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