miércoles, 23 de junio de 2010

Tampoco exageremos

Como prometí al comenzar este oficio que alguna vez me iba a ocupar de alguna que otra banalidad, ahí va el primer aporte.

En la Grecia y Roma antiguas, el lema de la belleza era la armonía, para ellos la musculatura, muy seguramente. Luego vinieron la Edad Media y el Renacimiento donde comenzaron a cambiar los estándares de lo denominado bello en términos físicos y muy probablemente una rolliza joven de tetas pequeñas era lo máximo en belleza como lo pueda ser hoy uno de esos personajes que les gusta a los hombres, de las que aparecen en las revistas.
(Una pregunta al margen, en contra nuestra: ¿porqué la gran mayoría de niñas que se ponen cosas arriba y abajo, parecen la misma niña repetida varias veces? Observen en los sitios públicos y verán que ya no hay casi variedad en las apariencias).
Pero a nosotras casi nunca nos preguntan qué nos gusta. Yo tengo que hablar hoy de una pesadilla  de la apariencia: el 80 por ciento de los hombres parecen cantantes de reguetón.
Y no lo digo porque ese porcentaje (no miento) son mal hablados, poco corteses, lo piden a los dos segundos (en las canciones del reguetón ellas lo dan, siempre y son las facilitas), caminan con los hombros hacia adelante y se visten igual tanto los que tienen 60 como los que rondan los 18, sino por otra cosa que en la apariencia es para mí peor: les estorban los pelos.
Sí señoras y señores, ellos se están depilando las axilas,las cejas,  los brazos, las piernas, la entrepierna y todo lo que en la evolución de la especie signifique vellosidades. ¡Qué feo! ¡Quién les habrá dicho que se ven lindos o que son atractivos como cola de bebé.
Uno de mis hermanos sufrió mucho en su juventud porque, a nuestro parecer era hombre de pelo en pecho (tenía uno) y si no fuera porque lo conozco bien, creería que entró a esta era de los lampiños con una gran sonrisa de venganza de su adolescencia.
Además esa moda me parece ridícula, a no ser que yo ya esté pasada de muchas modas y ellos quieran parecer niñas, para no incordiar o para agradar -quién quita- a su propio sexo. (También hay que decir, en aras a la verdad sociológica de estos tiempos, que a los hombres se les está dificultando bastante relacionarse con nosotras. Pero ese es tema de otra columna).
Esa era mi queja de hoy. Cada cual debe andar como bien se sienta, pero por favor ¡no exageremos! Yo no quisiera tener que comprar en mi próxima salida al supermercado, la crema depilatoria para las piernas de mi novio, o el producto que definitivamente, le deja las axilas como las de mi sobrino Daniel (tiene cuatro añitos).
Déjennos ese oficio a nosotras.

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