Si los asesores de la campaña presidencial de Juan Manuel Santos no siguen cometiendo los errores que han mostrado hasta ahora, en la ridiculización de la figura de Alvaro Uribe Vélez para ganar votos, este paisa podría pasar a la historia de Colombia como el político que más logros ha conseguido en cerca de un siglo, para acabar con la violencia armada en el país.
Lo digo con la convicción de ciudadana, que en varios momentos de su historia particular ha vivido la violencia, el secuestro y la extorsión.
Esta historia tiene dos caras. Primero, la positiva.
Uribe Vélez llegó a las elecciones del 2002 con un discurso que todos esperaban: el de la confrontación a la guerrilla. El miedo a que aquí se instaurara una dictadura de fusiles, minas antipersona, secuestros y narcotráfico de la mano de las Farc, no era infundado luego del descalabro de la negociación que llevó a Andrés Pastrana y su gobierno a entregarle a esa delincuencia el manejo y control de una zona estratégica del país, que no se ha podido recuperar totalmente luego de 12 años.
Y así como ese gobierno puso en evidencia la capacidad de violencia que podría generar la guerrilla y su verdadera cara, sin los mantos del mentiroso y desprendido manto del justiciero 'ejército del pueblo' (como para un guión de un documental) , también le permitió establecerse en el exterior, sobre todo en algunos países de Europa, como un gobierno alterno, al democrático y legal que rige a Colombia con todas y sus imperfecciones.
Este país necesitaba una figura de autoridad; un líder político que fuera capaz de interpretar ese temor ciudadano a no poder desarrollar su vida cotidiana con tranquilidad.
Hay que decir que Alvaro Uribe cumplió con lo prometido en el aspecto de seguridad. En parte encarna la figurar del jefe, de quien toma las decisiones, del padre que orienta la casa, de quien lleva los pantalones, de la autoridad.
Eso le hacía falta a esta sociedad, que se desvanecía con cada elección y que no veía futuro posible a sus desventuras.
Haber recuperado ese sentimiento de que no todo estaba perdido, de que vale la pena hacer el esfuerzo por el país, por nuestra sociedad, es quizá el mayor logro reflejado en todos los frentes. En esto, mucho tienen que ver los sentimientos y volvió el color de la esperanza.
Pero hay que dar ejemplo. El gobierno de Álvaro Uribe se había comprometido a combatir la corrupción pública y fue muy poco lo que se avanzó en este aspecto. Eso no quiere decir que no haya habido corrupción en los gobiernos anteriores, la hubo y dejó secuelas que todavía se ven, especialmente aquella que entregó el poder público al narcotráfico.
Los métodos y los fines tienen que coincidir, y ninguno de los dos puede basarse en comportamientos inmorales y antiéticos. El que encarna la autoridad no puede exigir el cumplimiento de las normas, si se hace el de la vista gorda cuando quienes lo rodean son los que las incumplen.
Conseguir los votos en el Congreso, por ejemplo, le implicó al gobierno Uribe negociar con lo mejor y lo peor de la política de nuestro país y eso lo admitió hasta el propio Uribe Vélez. Creo que la frase más infortunada de todo su gobierno fue aquella que pronunció cuando estaban a punto de salir varios congresistas para la cárcel y llegó a decir que votaran antes que vinieran por ellos para llevárselos presos.
En fin, este gobierno ha tenido muchos aciertos pero también la ha embarrado en muchos otros frentes.
Alimentó una clase de personajes de la política soberbios, sobradores, corruptos, lambones, a los que no importó qué había que hacer para sostenerse en el poder, que deben estar haciendo grandes esfuerzos por impedir que se conozcan sus entuertos. Si Colombia lo permite.
No todo se vale en política. Los errores pasan factura.
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